La actriz de 46 años protagoniza el film Romeo y Ofelia, que se estrena esta semana. En una entrevista con LA NACION, repasó su carrera, su relación con Niní Marshall y su nuevo amor.
Antonella Costa está entusiasmada con el estreno de Romeo y Ofelia porque hace años que quiere trabajar con el director Gustavo Postiglione, y por fin se dio en esta película que sobrevuela el universo de William Shakespeare, haciendo referencia a tres de sus obras: Romeo y Julieta, Hamlet y Macbeth. Se estrena hoy en el cine Gaumont, a las 21, y en todos los espacios INCAA, además del Showcase de Rosario, ciudad en la que transcurre esta historia de amor que enfrenta a dos bandas. En diálogo con LA NACION, la actriz recuerda a Niní Marshall, quien fue su abuela elegida y, sin querer o queriendo, la introdujo en la magia de la actuación. Además, habló de su relación con su hijo Félix y del amor que conoció grabando una serie en el sur, y que hoy la acompaña también en sus proyectos.
“Una apuesta muy fuerte”
—¿Qué podés contar de Romeo y Ofelia?
—Hace rato que queríamos trabajar con Gustavo Postiglione, pero no encontrábamos el momento hasta que me llamó para esta propuesta delirante y maravillosa y le dije que sí, de una. Me pareció una apuesta muy fuerte, muy arriesgada y experimental, como todas sus películas. En este caso reprodujo una Rosario escenográfica en el subsuelo de un centro cultural, y mezcla tres obras de Shakespeare ligadas a una realidad rosarina muy candente, sobre todo en el momento en que la filmamos, hace dos o tres años. ¡Y además la hicimos en tres días! “Vení cuatro por si hay algún imponderable que tengamos que solucionar, pero la idea es hacer un día de ensayos y dos de grabación”, me dijo [risas].
—¿La filmaron en tres días?
—Sí [risas]. Fue una locura hermosa. Filmamos durante tres días y el cuarto, dormimos, descansamos, paseamos y celebramos. Trabajamos todo en plano secuencia porque la historia tiene mucha oscuridad y la imagen también. Fue un desafío. Y quiero resaltar que Postiglione fue quien hizo la cámara. O sea, fue un actor más que transitó todo a la par nuestra y no sentado detrás de un monitor. Así que fue una comunión muy especial en la que corría el mismo riesgo que nosotros; cualquiera se podía equivocar. Vi la película en el Festival de Mar del Plata y me impactó muchísimo hasta en cosas que ya sabía, como por ejemplo, la música que acompaña y los músicos en escena.
—¿Qué significa estrenar una película en un momento tan difícil para el país y también para la cultura?
—Mi carrera y mi vida están muy signadas por el cine… Hice mucho cine independiente, también comercial y pasé por un montón de épocas. Debuté en Garage Olimpo a los 18 años, y ahora tengo 46 así que pasó mucha agua bajo el puente, y más de 40 películas. Y los contextos fueron cambiando, por supuesto. En el medio hubo muchas luchas también. Mucho terreno conquistado. No me gusta decir que los derechos se ganan o se conquistan porque los derechos son. Y se reconocen o no se reconocen. Es algo que, en este momento, afecta mucho a la sociedad y están en permanente debate o ataque. Después hay cuestiones que son decisiones políticas y políticas culturales para defender y lograr que crezca un medio en el que históricamente nos hemos destacado y en el que tantísima gente se formó, y es un set. Y todo eso está en crisis.
Entre proyectos y un amor que se hizo desear
—¿Estás filmando en este momento o tenés algún proyecto entre manos?
—Estoy grabando una serie para una plataforma, pero todavía no puedo contar nada. Es un personaje lindísimo, con un elenco que adoro y muy buena convivencia. Hoy en día estoy realmente agradecida de estar ahí, de poder crear algo y tener trabajo también. Porque yo no tengo otro trabajo. Y pronto se va a estrenar una serie que grabé en Uruguay que se llama Ángel, escrita y dirigida por Manuel Soriano, con Gustavo Garzón y actores uruguayos. Es muy particular porque Soriano es un novelista fantástico, muy disruptivo.
—¿Y alguno propio?
—Sí, tengo proyectos propios, más allá del contexto complicado porque, tal vez, el problema que tenemos los argentinos es que, nos hagan lo que nos hagan, no paramos nunca. Merecemos apoyo y vivir de lo que hacemos, sobre todo considerando la trascendencia de nuestras obras reconocidas mundialmente. Siempre argumentan que hacemos cosas que no ve nadie, pero ahí también se pagan sueldos, se dan empleos, se está formando gente. Es otro camino más alternativo, pero existe y sostiene una industria. Algunos de esos proyectos los tengo con mi pareja.
—¿Estás de novia?
—Sí, desde hace dos años. Se llama Diego Carabelli y es productor. Nos conocimos haciendo Hija del fuego, que está en Disney y el año pasado se vio en eltrece. En realidad, nos conocimos después de trabajar porque no logré sacarle ni un hola; es muy serio. Y en la fiesta de fin de rodaje me acerqué a saludarlo por una formalidad y esa charla dura hasta hoy [risas].
—También sos mamá, ¿cómo es tu vínculo con tu hijo?
—Félix ya tiene 22 años, se dedica a la indumentaria y tiene su casa-taller a 10 cuadras de mi casa. Tenemos un vínculo muy cercano y lo admiro mucho. Mi hijo es una persona muy solar, muy querida en general, muy talentoso. Está creciendo mucho; viste a varios músicos e hizo muchas cosas para Dillom, por ejemplo.
—Decías que la actuación es tu único trabajo, pero también sos docente…
—Sí, desde hace muchos años. Tengo una cátedra en la UNA (Universidad Nacional de las Artes): dirección de actores, que es una materia obligatoria y transversal a todas las especialidades, así que le pongo mucha gana porque hay chicos que vienen creyendo que no les interesa para nada la dirección de actores y hay que capturar su atención y transmitirles contenidos que les puedan interesar. También tenemos un espacio más experimental en la UNDAD (Universidad Nacional de Avellaneda) para quien le interese profundizar en la materia. Y durante ocho años di clases de actuación frente a cámaras en la Casa de la Cultura en la Villa 21, pero tuve que irme por cuestiones personales. Es un lugar que amé mucho y sigo en contacto con varios de mis alumnos. Fue una experiencia muy grata.
“La primera semilla”
—Empezaste a trabajar de muy chiquita, ¿cómo fue?
—Empecé a los 11 años en el Teatro San Martín, haciendo Woyzeck, de George Büchner, dirigido por Ricardo Holcer. Un lujo, una experiencia fantástica. Era como trabajar con Postiglione, con ese rigor que no te quita la pasión, pero que necesitás un nivel muy exhaustivo de precisión y de respeto por el trabajo propio y ajeno. Y esa fue la primera semilla de todo esto.
—¿Fue tu parentesco y la cercanía que tuviste con Niní Marshall lo que te hizo amar este oficio?
—Por supuesto, en gran parte, pero mi papá también se dedicaba a todo lo relacionado con el teatro y lo audiovisual. Era una persona muy formada, un gran director, actor, dramaturgo y muy estrecho colaborador de Leonardo Fabio. Era de esas niñas que dormían en butacas de teatro, que se aprendían las marcas de todos los actores y hasta del iluminador y del sonidista. A los 5 años sabía una obra entera de García Lorca. Eso fue lo que me empezó a despertar el amor y la familiaridad con el artificio, a entender mentiras y tener en mis manos elementos de utilería, los trucos que se usan para la escena, las heridas y los golpes. Para un niño son muy fascinantes los procesos creativos y todo lo que se atraviesa hasta llegar a un resultado buscado. Y Niní fue muy importante; apareció en mi vida y fue quien regó mucho esa plantita.
—¿Cómo era tu relación con ella?
—Fue mi abuela elegida. El vínculo de sangre no era cercano porque fue la tía abuela de mi mamá, pero en la cotidianeidad sí teníamos un vínculo muy estrecho. En casa me disfrazaba con la ropa de mi mamá o con cosas que me hacía con papel y mezclando prendas medio absurdas, pero no era vestuario. Y Niní me regalaba sus vestuarios y además medía 1.50, entonces yo, siendo una niña, tenía la misma proporción y usaba esa ropa de miriñaques con enaguas…
—De todo eso, ¿te quedó algo?
—Todavía tengo en casa un sombrero de Mónica Bedoya Hueyo [risas] y prendas de Catita. Estando en su casa, vi cosas que nadie vio porque armaba álbumes de sus personajes; no eran en homenaje a sus personajes sino armados por ellos. Y sabía mucho de construcción de personaje que me enseñó. Además, ella misma se fabricaba la ropa, los postizos, las prótesis para transformar su rostro. Todo estaba guardado en su casa. Me regaló muchas cosas, entre ellas su caja de maquillaje que aún conservo. También hay que entender que eran mis juguetes de niña, así que no están para exhibir en una galería de arte porque están un poco abolladas por el uso [risas]. Las disfruté… Me acuerdo de que almorzaba con miriñaque, pestañas postizas y capelina.
—No te imaginaste siendo otra cosa, entonces…
—No, pero a veces pienso que si me hubiera criado en un laboratorio sería química, quizás… En un momento tuve una crisis porque me pregunté cuándo había decidido ser artista. Fue algo muy obvio. Y lo volví a elegir, ahí sí fui consciente.
