Cada 1° de agosto, la caña con ruda se toma en ayunas como protección. En barrio Candioti, una familia mantiene la tradición con una regla propia: el último sorbo se arroja a la tierra.
El 1° de agosto comienza con un trago fuerte. Puede ser uno largo, tres breves o siete sorbos, pero debe tomarse en ayunas. Así lo indica la tradición de la caña con ruda, una costumbre que atravesó generaciones como protección frente a los males del invierno.
En una mesa de barrio Candioti, el ritual sumó una regla propia: el último sorbo no se toma. Se arroja hacia atrás o sobre la tierra, como gesto de agradecimiento a la Pachamama.
La enseñanza pertenecía a Chichita, una vecina santafesina que preparaba la bebida durante todo el año. “El último chorrito que quedaba había que tirarlo para atrás o para el lado de la tierra”, recordó su hijo, Sebastián Ormaechea, en diálogo con El Litoral.
La mesa de Chichita
La tradición familiar tiene, al menos, 15 años. “Chichita, la mamá de Seba, la traía desde hace mucho tiempo. En los últimos años empezamos a compartirla acá, en el barrio”, contó Jesús Gutiérrez, uno de los responsables de Don Marcos.
Sebastián cree que la costumbre venía incluso de más atrás. “Mi vieja la debe haber heredado de sus abuelos, de sus padres también”, explicó. Después, Chichita y su marido tomaron la posta y comenzaron a elaborar su propia versión.
El objetivo nunca estuvo puesto solamente en la bebida. “Se pusieron a elaborar y a compartir, que era la idea, nada más”, remarcó Sebastián. Cada 1° de agosto, la casa se abría para recibir a familiares, amigos y vecinas alrededor de tres pequeños tragos.
Una receta de todo el año
La preparación no comenzaba unas semanas antes de agosto. Chichita trabajaba sobre ella mes a mes, ajustando sabores y respetando un proceso que había desarrollado junto a su marido.
“Después mi viejo falleció y ella continuó. Nosotros éramos sus conejitos de Indias”, relató Sebastián. La maceración demandaba tiempo: “Le llevaba un año entero. Ella estaba todo el año preparando para el primero de agosto”.
Cuando llegaban febrero o marzo, comenzaban las pruebas. Chichita esperaba a sus familiares con una medida pequeña y una ronda de preguntas: “¿Qué tal está? ¿Cómo la ven? ¿Cómo la sienten? ¿Qué le falta? ¿Qué gusto tiene?”.
Las respuestas servían para ajustar una receta que avanzaba sin apuros. “Antes el probador era mi papá y después fuimos nosotros”, recordó Sebastián. Cada observación quedaba acompañada por las anotaciones que Chichita llevaba en un cuaderno.
Lo importante era convidar
El tamaño de la botella o la cantidad preparada nunca fueron su principal preocupación. Sebastián recuerda una frase que resumía su manera de vivir la ceremonia: “Si menos te quedó de la caña es porque más convidaste, porque más amigos tenés”.
La receta era importante, pero ocupaba apenas una parte de lo que sucedía alrededor de ella. “Una pequeña parte de su legado está en esta botella. El legado más grande fue el amor, el cariño y la alegría que desparramó por todo el barrio”, expresó.
Durante los últimos años, Sebastián y sus allegados visitaban su casa para trabajar con ella sobre un barril construido por sus hijos. De allí salían algunas botellas que luego compartían en Don Marcos, donde el ritual se realiza desde hace cinco años.
Dos tradiciones en una botella
La costumbre de tomar caña con ruda se vincula con las comunidades guaraníes del nordeste argentino. La bebida se incorporó como una forma de protección frente a agosto, un mes históricamente asociado con el frío, las lluvias y las enfermedades.
Con el tiempo, el ritual se extendió a otras regiones del país y se relacionó con el Día de la Pachamama. El primer trago quedó ligado al deseo de salud y buena fortuna; el último, a un agradecimiento hacia la tierra.
Para quienes aprendieron la receta de Chichita, ambos sentidos quedaron unidos. “Se mezclan dos tradiciones”, definió Sebastián: la celebración de la Pachamama y la memoria de una mujer que convertía cada preparación en una excusa para reunir a los demás.
Chichita falleció recientemente, pero dejó anotado el proceso y alcanzó a transmitirlo. Este sábado, cuando llegue un nuevo 1° de agosto, la ceremonia volverá a repetirse en barrio Candioti.
Ante la pregunta de qué le gustaría que sintieran quienes prueben aquella receta, Sebastián no habló del sabor ni de su elaboración. Respondió con tres palabras: “Cariño, recuerdo, nada más”.
