lunes, 23 marzo, 2026
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Jorge Oscar Montiel: el militar desaparecido en 1975 por haber intentado evitar el golpe un año antes

La historia macabra de los años 70 guarda un secreto nunca revelado, deliberadamente oculto: el teniente coronel retirado Jorge Oscar Montiel, que actuaba en 1975 como agente civil de inteligencia en la SIDE del gobierno de María Estela Martínez de Perón, fue secuestrado y desaparecido un año antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. El motivo: haber descubierto que las Fuerzas Armadas del gobierno constitucional tramaban ya al menos doce meses antes un golpe militar y destitución contra la entonces Presidenta.

Su desaparición y posterior muerte –nunca se encontró su cuerpo- ocurrió el 26 de marzo de 1975, unos dias antes de que Montiel se reuniera con “Isabelita” -como había agendado- y con su secretario privado, Julio González, para ponerlos al tanto del plan golpista de la cúpula militar de su propio gobierno.

Les iba a exponer todos los detalles y documentos del golpe que urdían las Fuerzas Armadas con información de inteligencia recabada como agente civil de la entonces Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE) que dirigía entonces Aldo Alberto Peyronel. Se sospecha que esa reunión programada fue el motivo de su muerte. Montiel no debía hablar sobre lo que sabía.

Paradojas de la historia: Montiel fue el primer desaparecido militar, el 26 de marzo de 1975, un año antes del golpe de 1976, y no por atentar contra el orden constitucional ni colaborar con la subversión, sino por haber intentado evitar el golpe, que finalmente se realizaría el 24 de marzo del año siguiente, del cual se cumplen ahora 50 años.

Así lo han recordado durante 51 años sus hijos María Victoria Montiel, Oscar Montiel, Ernesto Montiel (ya fallecido) y sus nietos Mercedes, Lucila, María Eugenia, Gabriela, Federico y Santiago Montiel, entre otros familiares. Siempre han lamentado esa tragedia en un silencio ensordecedor. Un tabú familiar que no salía a la luz.

Sólo hoy, Mercedes “Mechi” Montiel, y su hermano Federico, abogado, salen a relatarlo y recordarlo con el amor de nietos, como un desahogo: su propia historia, con documentos, comentarios familiares y anécdotas trágicas que les fueron contando Ernesto, su padre fallecido, y sus tíos María Victoria y Oscar. Es tema de sobremesas familiares.

“Jorge, nuestro abuelo, era un militar muy cercano a Perón y leal como nadie, y por lo tanto a Isabel. Quiso evitar el golpe, tenía información que nosotros nunca pudimos conocer, pero no la llegó a informar a Isabel porque fue secuestrado antes”, comentó a Clarín Mechi Montiel.

Federico agregó que “nuestro abuelo era 15 años menor que Perón, pero lo admiraba como líder militar y aun después de que fue pasado a retiro en 1955 siguió cerca del general y por eso llegó a la SIDE del gobierno peronista”.

Nunca se supo la verdad. Las versiones que llegaron a oídos de la familia eran que la desaparición pudo haber sido ejecutada por el entonces comando de las Fuerzas Armadas o por la Triple A que dirigía José Lopez Rega y que tenía entre sus máximos agentes operativos a Aníbal Gordon.

“Nunca hubo un juicio y todo se silenció”, recordó Mercedes. “Sólo sabemos que él tenía la información del golpe un año antes y que ese fue el motivo de la captura y desaparición”, añadió. Como funcionario de Isabel, Jorge Oscar Montiel también combatía a las organizaciones armadas guerrilleras como Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Fuerzas Armadas Peronistas (FAR).

De hecho, el 5 de febrero de 1975, dos meses antes de su desaparición, Isabel Perón firmó el decreto 261 que ordenaba al Ejército “neutralizar y aniquilar elementos subversivos en Tucumán”, lo cual originó el Operativo Independencia.

Solo el 6 de octubre de 1975 se firmarían los decretos 2770, 2771 y 2772 que extendieron la orden de «aniquilar el accionar de los elementos subversivos» a todo el territorio nacional.

Las versiones periodísticas y políticas de la época hablaban todos los días de posibles golpes y conspiraciones contra Isabel Perón. Pero Montiel descubrió el juego real un año antes de la asonada que encabezó la dictadura militar de Jorge Rafael Videla y eso le valió la vida.

Un militar peronista

Jorge Oscar Montiel fue un militar peronista salido de las propias filas del Ejército, que por entonces recién comenzaban la represión antisubversiva en plena democracia. Se desempeñaba como agente civil de alto grado de inteligencia. Perón había muerto el 1° de julio de 1974. Pero antes de su muerte, Perón lo había nombrado en septiembre de 1973 jefe de Superintendencia de Seguridad Federal, y en la SIDE el 18 de marzo de 1974 bajo el legajo personal N° 2659, como Agente Civil de Inteligencia Cuadro “C” – Subcuadro 1 del escalafón, según la jerga administrativa de entonces en la SIDE.

Montiel era uno de los principales subalternos del entonces jefe de la SIDE, Aldo Alberto Peyronel. Tenía 58 años cuando fue secuestrado en la vía pública, y luego resultó desaparecido, según expedientes a actuales de la SIDE a los que accedió Clarín.

Consignan que el hecho se produjo mientras se dirigía a su trabajo en las oficinas de la SIDE en un operativo ilegal de detención y posterior desaparición forzada. Luego de eso, fue pasado a disponibilidad definitiva el 6 de diciembre de 1977, cuando las investigaciones judiciales sobre su paradero resultaron totalmente silenciadas.

Montiel no era un militar neutral en aquella guerra subterránea. Desde los tiempos del primer gobierno de Juan Domingo Perón (1946–1955) había sido uno de los oficiales más leales al general. Y tras la muerte de Perón, el 1° de julio de 1974, se mantuvo incondicional a su viuda y sucesora. Esa lealtad, en 1975, era un riesgo. Había integrado también el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), fundado por Perón en 1943 para lidiar con las peleas internas militares y que le sirvió para llegar al gobierno en 1946.

Montiel pasó a retiro en 1955, pero siempre quedó vinculado a Perón. Nadie hablaba en la familia de lo que hacía Jorge Oscar Montiel en los 70 porque estaba en el ojo de la tormenta del gobierno de Isabel y eran tiempos muy turbulentos: la guerra dentro del peronismo estaba desatada entre los peronistas históricos que respondían incondicionalmente a Perón y las organizaciones guerrilleras armadas como Montoneros o las Fuerzas Armadas Peronistas enfrentadas con el líder.

El coronel retirado Montiel había presenciado desde el edificio de 25 de Mayo 11 el día en que Perón echó de la Plaza de Mayo a los Montoneros, la ruptura que marcaría el comienzo de la guerra frontal entre el peronismo de derecha y el de la izquierda guerrillera peronista financiada y entrenada por Cuba y la ex URSS. En aquella época, la desaparición de Montiel fue adjudicada, como hipótesis, a un atentado guerrillero, que abundaban y que servían de cobertura para otros hechos delictivos.

La reunión que nunca ocurrió

Sus familiares recuerdan que Montiel fue secuestrado al salir de una reunión reservada en el Comando en Jefe del Ejército. Allí, según reconstrucciones posteriores, habría expuesto que investigaba movimientos conspirativos contra la Presidenta. Tal vez en ese mismo despacho firmó su sentencia. Nunca se supo quienes habían sido sus interlocutores ni el contenido de la charla.

No volvió a su casa esa noche. Su esposa, María A. Ramírez Calderón de Montiel, esperó en vano durante horas. Las horas se hicieron densas. Llamó a camaradas, amigos, contactos. Nadie sabía nada. O nadie quería saber. Tampoco imaginaban que hubiera un motivo para un final trágico.

Tres días después, cuando el silencio ya era un mal presagio, tres agentes de inteligencia de la Fuerza Aérea se presentaron en su domicilio. Le dieron el pésame por la desaparición a su esposa y sus hijos y preguntaron por su portafolio. Ese portafolio nunca llegó a la casa, y ellos suponían que allí había información valiosa para esos espías aeronáuticos.

Buscaban carpetas, documentos, una valija. Revolvieron todo. No encontraron nada. O no dejaron constancia de haberlo hecho. Los militares y aviadores dejaban entrever que Montiel podía haber sido víctima de grupos subversivos que solían atacar a la derecha peronista. El asesinato del recordado secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, el 25 de septiembre de 1973, había sido un punto de inflexión para la ruptura entre Montoneros y Perón.

Montiel no estaba solo el día de su desaparición. Lo acompañaba el coronel Martín Rico, también agente civil de la SIDE. Ambos habrían descubierto un entramado delicado: sectores militares que conspiraban contra Isabel Perón mientras el país ardía en violencia política, operaciones parapoliciales y una guerra interna dentro del propio peronismo. Pero el cuerpo de Rico fue entregado a su familia.

El 23 de marzo de 2006, el entonces presidente Néstor Kirchner encabezó un acto en la Casa Rosada para formalizar el ascenso a Coronel Post Mortem de los oficiales superiores Martín Rico y José Jaime Cesio. El reconocimiento destacó la trayectoria y los servicios prestados por los oficiales al país, según documentos del Senado de la Nación Argentina.

Pero la suerte de Jorge Oscar Montiel quedó atrapada en el olvido. El cuerpo de Montiel jamás apareció y sus familiares, nietos y sobrinos, aún piden verdad y justicia.

Un parte secreto de inteligencia consignó que los disparos fueron realizados con escopetas Batán, armas asociadas a grupos paramilitares, clandestinos. Las fuerzas parapoliciales usaban Itacas. El detalle técnico abría una grieta: ¿estructura militar o Triple A? ¿El comando de las Fuerzas Armadas que posteriormente haría el golpe o el aparato represivo parapolicial de José López Rega? ¿O ambos, en una zona gris donde las lealtades se superponían?

Las versiones ubican su muerte en una cochera subterránea de la SIDE. Otras sostienen que fue visto semanas después. Una hipótesis judicial señala que fue asesinado en un garaje de la SIDE y luego su cuerpo quemado en Chascomús. Nada fue probado en forma definitiva. Todo huele a encubrimiento.

La carta y el silencio

En medio de la angustia, llegó una carta. El secretario de Informaciones del Estado (SIDE), Aldo Alberto Peyronel, superior directo de Montiel, le escribió a la viuda María A. Ramírez, lo siguiente:

“En el desagradable trance de tener que imponer a Ud. del resultado de las diligencias tendientes a ubicar el paradero de su esposo, miembro de nuestra Secretaría de Informaciones del Estado y a órdenes directas mías (…) cumplo en presentarle al señor Coronel D. Carlos A. Tepedino que le impondrá de las diligencias de carácter reservado (…)

“Existen un sinnúmero de diligencias cuyo grado de calificación no permite revelarlos (…)

“Como no soy ajeno a versiones que puedan manejarse ligeramente en momento de angustia o desazón respecto a eventual negligencia o indiferencia cuando menos, estoy a entera disposición suya y en forma personal para lo que estime conocer en más de este desagradable episodio.

“Esperando que el Señor en su sabiduría le otorgue la templanza necesaria para soportar su natural angustia, aprovecho la oportunidad para saludar a ud. con las expresiones de mi mayor respeto”.

El tono era burocrático, con un agregado casi religioso. Habla de “diligencias de carácter reservado”, de “grado de calificación”, de “seriedad”. No menciona hipótesis alguna. No promete resultados. Invoca a Dios para que le otorgue templanza. Era la forma elegante del vacío.

Mientras tanto, en los medios comenzó a circular una versión inquietante: que Montiel no era empleado de la SIDE. ¿Quién filtró esa información falsa? ¿Con qué propósito? Los documentos, los expedientes y los legajos comprueban que era agente civil de inteligencia y el propio Peyronel lo asumió como subalterno en la carta enviada a la viuda. La negación pública era compatible con la desaparición física.

La advertencia que incomodaba

Años después, Julio González, secretario privado y legal y técnico de Isabel Perón, reconstruyó el clima de aquellos días. Según su testimonio en apariciones periodísticas, Montiel le había confesado a González en 1975 que tenía información sobre oficiales de las Fuerzas Armadas que mantenían contactos con cúpulas guerrilleras para desestabilizar al gobierno. Le dijo Montiel que pensaba revelar nombres y rangos del complot. “La última noticia que hubo de Montiel fue esa mañana —recordó González—. Salió del Comando del Ejército con el teniente coronel Martín Rico y tomó un taxi. Nunca más se supo de ellos. Por eso le pregunté al general Otto Paladino dónde estaba Montiel. Calló. Porque sabía”. El silencio de Otto Paladino fue una respuesta.

Otto Carlos Paladino ocupó el cargo de secretario de Inteligencia del Estado entre el 10 de febrero y el 15 de diciembre de 1976. Previamente, entre 1975 y 1976, había sido segundo comandante y jefe de Estado Mayor del II Cuerpo de Ejército. Como tal, estaba a cargo de la Subzona 21, conformada por la provincia de Santa Fe. Paladino podría ser parte de una pista para la desaparición.

Para González, el golpe de 1976 no fue una irrupción súbita sino la culminación de un proceso de traiciones cruzadas. “Hubo traiciones en el peronismo”, sostuvo. O sea en el gobierno de Isabel. Y también fuera de él. Recordó que la noche del 23 de marzo de 1976, ante versiones crecientes de asonada, Isabel convocó a una reunión urgente en Casa Rosada. El ministro de Defensa, José Alberto Deheza, transmitió que los comandantes —Jorge Rafael Videla (Ejército), Emilio Massera (Armada) y Orlando Ramón Agosti (Fuerza Aérea)— habían planteado sus disgustos por las versiones, pero que volverían a reunirse al día siguiente.

Al salir, el poderoso jefe de la Unión Obrera Metalúrgica, Lorenzo Miguel, apostó ante periodistas acreditados en la Casa Rosada que no habría golpe. Horas después, el helicóptero presidencial despegó hacia Olivos y cambió de rumbo hacia Aeroparque y de allí a un avión que la transportaría a la residencia de El Messidor, en la paradisíaca Villa La Angostura, en el sur patagónico de Neuquén.

González estuvo más de siete años detenido. Dos colaboradores suyos murieron tras interrogatorios. Nunca volvió a la política. Dedicó su vida a enseñar y escribir. Sostuvo en notas periodísticas que el gobierno fue traicionado desde adentro y desde afuera. Dijo que el ultimátum militar del 5 de enero de 1976 exigía cambio de gabinete, apertura económica y combate sin límites a la subversión y que el nombramiento de Isabel de un gabinete económico antiliberal precipitó la decisión final.

El caso de Montiel desnuda un sinfín de contrasentidos: la maquinaria de desaparición forzada comenzó a ensayarse antes del 24 de marzo de 1976 y alcanzó incluso a quienes vestían uniforme. La frontera entre represión paraestatal y aparato militar era difusa, por momentos indistinguible. El Ejército permitió actuar a la Triple A. La Triple A operó con cobertura estatal. La inteligencia militar y la SIDE se entrecruzaron en operaciones clandestinas. Y cuando la información amenazó con subir demasiado alto, el portador fue eliminado. Sale a la luz 51 años más tarde.

La historia oficial suele ordenar los hechos en fechas redondas. Pero a veces los procesos empiezan antes, en sótanos, en cocheras, en cartas protocolares que hablan de “diligencias reservadas”. El primer desaparecido militar de la dictadura se produjo en plena democracia: fue un militar de las propias filas castrenses que quiso advertir a la Presidenta sobre el golpe que se gestaba de sus propios jefes militares. No llegó a tiempo ni pudo evitar el golpe que sería un año más tarde, el 24 de marzo de 1976. Si hubiera vivido para contarlo, tal vez hubiera cambiado la historia.

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